EPISTOLARIO
 
CARTA DEL PADRE LEONARDO CASTELLANI a HW sobre “Vocación de escritor”.
 
Caro maestro y amigo:

El cofrade que tenía su libro mío me dijo al dármelo: “He aquí un libro que usted no va a leer.” Lo miré con tristeza y dije: “En efecto. VOCACIÓN DE ESCRITOR.” ¡Vocación de escritor! ¡Como si uno no la conociera y como si fuese una cosa agradable! Y bien, lo he leído.

Lo he leído más rápidamente que LA CORBATA CELESTE que también leí en estas vacaciones, en los intervalos que me dejaba la ÉTICA de Max Scheler; y que después regalé a una de mis innumerables sobrinas, naturales o adoptivas.

Otro de mis cofrades me dijo: “¡Ese Martínez Zuviría! ¡A quién se le ocurre en estos tiempos poner su retrato en la tapa de un libro!” ¿Y qué tiene poner el retrato en la tapa de un libro, cuando adentro está otra vez el mismo retrato, mucho mejor hecho?

Su libro tiene entre otros valores, el interés inmortal que tienen las memorias de cualquier hombre de valer que es muy sincero, como por ejemplo MIS OCHENTA PRIMEROS AÑOS del doctor Cárcano. Se parece a esos autorretratos que han hecho todos los pintores llegados a la madurez de su arte: el Rembrandt que está (que estaba) en la Galería de Dresde; con esos bigotitos saltados y la gran gorra de terciopelo negro. La figura individual poco importa. El cuadro es inmortal.

Siempre es valioso el libro de un hombre acerca de una cosa que sabe bien, aunque esté mal escrito; y éste está encima bien escrito. Bien escrito hasta la última minucia, hasta la propiedad del último verbo, la sobriedad de la última frase y el ahorro del último adjetivo: el adjetivo tentador y meretricio que nadie conocerá jamás porque usted lo tachó. “¡Desconfiad de los adjetivos!” –dijo Claudel-. De modo que el libro constituye, a más de un libro de memorias, una limpia lección de gramática magistral, que nos está haciendo falta urgente a muchísimos argentinos, ¡vive Cristo!, empezando por mí. El movimiento se demuestra andando.

No estoy muy conforme con la corrección que usted propone al terceto de Quevedo:
¿No ha de haber un espíritu valiente?
¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?
¿Nunca se ha de decir lo que se siente?

Creo que Quevedo escribió no más tal cual el segundo verso, con el sentido de: ¿Siempre hemos de sentir conforme a lo que andan todos diciendo; por ejemplo, a lo que dice la prensa grande? ¿No hemos de sentir con nuestro propio corazón, o como diría Francisco Romero, con nuestra autointerioridad? Nietzsche dijo lo mismo en esta forma: “Con un exceso de literatura histórica, a nosotros los alemanes nos han habituado a sentir con frases”. Su enmienda de usted es más ingeniosa pero menos poética. Opongo a su raciocinio de crítico, mi hábitus de poeta. Aunque sea poeta fracasado. Usted es prosista.


Pero todo el resto del examen de los atropellos plebeyos o pedantes al lenguaje común que hace usted con lenguaje infalible, es exquisito. Salta en uno el deseo de ofrecer a su hacha nuevos ramilletes de cabezas... ¿Qué me dice usted de la famosa ofrenda floral?. Todo ramo de flores es hoy día ofrenda floral. ¿Y el conceptuoso discurso? Un discurso conceptuoso tiene que ser una calamidad, sin intuición ni pálpito y con muchos conceptos, es decir, cosas sueltas, como los acostumbrados a sentir con frases. ¿Y el homenajeado?

Nuestro común amigo Juan P Ramos conserva en su prodigiosa memoria docenas de estos cuños falsos del idioma periodístico, que él sabe satirizar en la conversación con gracejo inagotable. Todo esto parece para un libro materia bien minuta; y lo sería –lo mismo que las anécdotas acerca de la edición de un libro suyo, con cifras y nombres propios, y todo el resto- en manos de cualquier otro que no fuera usted.
Pero en usted es solamente la materia de la obra de arte: como si dijéramos la facha bruta del pobre Rembrandt, que era feo de veras el pobre.

Pero el fondo de su obra, es decir, las luces y los tres cuartos de claroscuro es la vocación. ¡Vocación! ¡Qué palabra! Dios está escondido en ella. No es extraño que salga usted a deshora citando a San Pablo, y hasta recomendando la devoción al Espíritu Santo; que yo no tenía y juro al cielo adopto desde hoy.

Usted es hombre vivo para escribir sus libros, incluso para elegir los títulos. Este título abstracto y especializado es (¡quién lo dijera!) vendedor en la Argentina. La inmensa mayoría de los argentinos creen tener vocación de escrito y algunos (¡ay!) la tienen no más. Con la manía que tengo yo acerca del bachillerato, creo que la culpa la tiene el bachillerato.

Como nos enseñan mal una cantidad de físicas, químicas, geografías e historias, esas materias no le entran al muchacho. El instinto de conservación del muchacho opone un estado coloidal a la dinamicidad del paralelogramo de fuerzas genotípicas y paratípicas con que el dómine intenta arruinarle la mollera “in secula seculorum”. Pero llega la Literatura y el muchacho se espejisma. “Esto lo entiendo (dice alborozado); ¡yo he nacido para esto!” Y ¡qué ha de haber nacido el infeliz!

Y más infeliz si ha nacido.

De modo que su VOCACIÓN DE ESCRITOR va a ser comprado por muchos y va a hacer bien a muchísima gente: primero a los que la tienen; y mucho más bien a los que no la tienen si los persuade de que no la tienen. Por de pronto comenzó por hacérmelo a mí, que me hallo en los dos casos a la vez. Porque me ha persuadido que no tengo vocación de novelista. Pero al mismo tiempo me ha puesto la pistola al pecho respecto a la otra cosa tremenda, la vocación de macaneador periodístico en general.

Su libro es un libro serio. Le dice a uno con una severidad teológica, con la severidad implacable del ejemplo, a uno que yo conozco que quería ser un elegante gentleman writer –le dice a uno con la perentoriedad del papá de muchachas casaderas, que hay que casarse o hay que dejarse de afilar. Que se trata de una vocación, es decir, de una cosa seria.

Su libro trivial y fino, su libro vagabundo y anecdótico, su libro amable y chistoso, me ha hecho el efecto de un cañonazo, me ha recordado demasiado fuertemente que esa liviana vocación de escritor que tenemos todos los argentinos, lejos de ser una especie de privilegio de caburé, puede ser en los designios arcanos y juguetones de la Providencia el único medio posible y practicable de salvar mi pijotera alma. Porque detrás de sus anécdotas está su alma. Y un alma es un explosivo.

Porque esa lucha tenaz y constante, esa perseverancia, ese tesón invencible, ese sacrificio de diversiones y aun de actividades lícitas, esa paciencia retornadora, esa humildad para romper y borrar, ese oculto ascetismo despiadado en aras de la obra por nacer, que usted egoístamente pretende adjudicar al sólo novelista es de todo escritor; aun del filósofo, aun del historiador, aun del escritor de ensayos volanderos, si tienen el santo orgullo del buen obrero.

Y aun a veces esa lucha acezante en medio de la noche, de Jacob contra el ángel invisible. Las luchas del espíritu son más brutales que una batalla de hombres. Y está escrito que solamente a través de la lucha espiritual podemos entrar en el Reino. “Porque el Reino de los Cielos padece violencia y sólo los peleadores lo conquistan*”.

Buenos Aires, 1945.


* Esta es la exégesis vulgar del versículo de Mateo XI, 12: “Regnum coelorum vim pátitur et violenti rapiunt illud”: la exégesis verdadera es otra.
Pero de todos modos este sentido es también verdad.